Una bella mujer en Amberes me dejó este mensaje unos minutos después. Al igual que un space cake de Amsterdam, el efecto se siente unos minutos luego. Allá estábamos, con cara de turistas ingenuos, perdidos, presas del curioso juego que con el que el viento se divierte a diario, con esos inocentes que abren el mapa en plena calle. Así estaba en esa esquina, enredado y desorientado. “Preguntémosle a ella” fue la idea de mi conciencia. Ahí estaba caminando, con esa sutileza europea, resguardada en un abrigo café, con una sombrilla que tapaba su expresión. Le pedí ubicación y recibí una bellìsima sonrisa, la combinación perfecta para esos ojos azul cielo (un cielo en el mejor de sus días) y unas sutiles pecas que contorneaban esa suave piel de su rostro. Le dije que no podía concentrarme en sus instrucciones por verla y tratar de descifrar la historia tràs tan bello rostro. Sus mejillas se enrojecieron, y -si era aùn posible- una sonrisa aùn más bella surgió.
Aún sigo pensando en aquella chica de Amberes. Tiene un efecto prolongado, inolvidable. Una paz ùnica, de otro mundo, de otra realidad, de una ciudad fría, clásica y acogedora.
Su recuerdo es ahora la mejor noticia para la recuperación de una sensibilidad que parecía perdida … Perdida entre el exceso de equipaje; esa carga extra que nos impide vivir por no desprender las amarguras coleccionadas.
…
Dejé el equipaje en Amberes. El corazón me lo llevo, aunque él quería quedarse allí; eso sí, se llevó el eterno recuerdo de la chica que le hizo dejar el equipaje atrás.